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Pirro de Epiro: el rey que hizo temblar a Roma

Quién fue Pirro de Epiro, cómo llevó a sus elefantes contra Roma, por qué sus victorias dieron nombre a la «victoria pírrica» y qué huellas dejó en el Épiro.

Busto de mármol de estilo clásico, como los que retrataban a los reyes helenísticos

Pirro de Epiro fue un rey con talento de sobra para ganar batallas y muy poca paciencia para convertirlas en un imperio. Nació en un trono que se tambaleaba, creció como fugitivo, deslumbró a los generales de su época y terminó muriendo en una calle de Argos por culpa de una teja. En medio quedan dos victorias frente a Roma que le salieron tan caras que su nombre pasó al idioma: hoy, cuando alguien gana perdiendo casi todo, hablamos de victoria pírrica. Esta página recorre su vida con calma, desde las montañas del noroeste de Grecia hasta las llanuras de Apulia, y explica qué hay de cierto en la leyenda.

Gradas de un teatro antiguo de piedra, parecido al de Dodona, en el Épiro

Quién fue Pirro de Epiro y qué era el reino del Épiro

Pirro (en griego, Pýrrhos) vivió entre hacia el 319 y el 272 a. C. y gobernó como rey de Epiro en dos etapas: de 306 a 302 y, de nuevo, de 297 a su muerte. Pertenecía a la dinastía de los Eácidas, que presumía de descender de Neoptólemo, el hijo de Aquiles. Esa genealogía no era un adorno: en el mundo griego, descender de héroes servía para legitimar a un rey ante sus súbditos y ante sus rivales.

El reino de Epiro era una federación de pueblos de montaña, entre ellos los molosos, a los que pertenecía la casa real. No tenía las ciudades opulentas de Atenas ni la maquinaria militar de Macedonia. Era una tierra de pastores, valles encajados y pasos difíciles, con una salida al Jónico y un prestigio religioso enorme gracias al santuario de Dodona. Quien quisiera comprender por qué un rey de un territorio así soñó con conquistar Italia, Sicilia y Macedonia debe recordar que su época fue la de los sucesores de Alejandro Magno, cuando cualquier capitán con ejército y audacia podía aspirar a una corona. Si te interesa la región en sí, la tienes retratada en nuestra guía sobre el Épiro.

Juventud y ascenso: de niño fugitivo a rey helenístico

Un exilio que empieza en la cuna

Pirro era un niño de pocos meses cuando su padre, Eácides, fue derrocado. Plutarco, la fuente antigua principal sobre su vida, cuenta que unos servidores leales huyeron con la criatura y que, al llegar a un río crecido, un desconocido en la orilla opuesta ayudó a cruzarlo. Es una escena con sabor a leyenda, pero lo sólido viene después: el pequeño acabó en Iliria, bajo la protección del rey Glaucias, que se negó a entregarlo al macedonio Casandro, el enemigo de su familia.

Glaucias lo repuso en el trono del Épiro cuando Pirro tenía unos doce años, aunque el poder real estuvo en manos de tutores. Hacia los diecisiete, una revuelta lo expulsó de nuevo.

Ipsos, Alejandría y el regreso al trono

Pirro se unió entonces a Demetrio Poliorcetes, hijo de Antígono el Tuerto, y combatió a su lado en la batalla de Ipsos (301 a. C.), uno de los grandes choques entre los herederos de Alejandro. Su bando perdió, pero el joven epirota salió de allí con fama de valiente. Después pasó a Egipto como rehén de Ptolomeo I. En Alejandría aprendió más de política que en cualquier campo de batalla: se casó con Antígone, hijastra de Ptolomeo, y consiguió el respaldo egipcio para recuperar su reino en el 297 a. C.

De vuelta en casa se deshizo de su corregente Neoptólemo y fortaleció su posición. Hacia el 294 a. C. hizo de Ambracia su capital, una ciudad junto al golfo que adornó, según la tradición, con palacios, templos y teatros. Y entre el 288 y el 284 a. C. llegó incluso a reinar sobre parte de Macedonia, aliado con Lisímaco, hasta que su socio lo echó. Ya entonces se le veía como lo que fue siempre: un rey que ganaba terreno con rapidez y lo perdía con la misma.

Pirro y Roma: la campaña de Italia

La oportunidad de su vida llegó en el 281 a. C., cuando Tarento, la gran ciudad griega del sur de Italia, pidió ayuda contra una Roma que no dejaba de crecer. Pirro aceptó y cruzó el Adriático en el 280 a. C. con unos 25.000 soldados y alrededor de veinte elefantes de guerra, un arma que los romanos aún no habían visto de cerca. Es la guerra pírrica en sentido estricto: tres batallas y varios años que cambiaron la manera en que Roma se pensaba a sí misma.

Batalla de Heraclea (280 a. C.)

El primer choque se produjo cerca del río Siris, ante la ciudad de Heraclea. Enfrente estaba el cónsul Publio Valerio Levino. La batalla de Heraclea fue larga e incierta: la infantería romana aguantó a la falange una y otra vez, y fueron los elefantes los que quebraron al fin la caballería romana, desbocada ante unos animales que sus caballos no conocían. Pirro ganó, pero Plutarco recoge que las cifras de bajas variaban incluso entre los historiadores antiguos, con estimaciones muy distintas para cada bando. Lo que nadie discutía era que el rey había perdido a muchos de sus mejores hombres, justo los que no podía reponer lejos de casa.

Tras la victoria envió a su consejero Cineas, un orador célebre, a negociar la paz en Roma. En el Senado se impuso la voz del anciano Apio Claudio el Ciego, que se opuso a pactar mientras el rey siguiera en suelo italiano. La anécdota de que Pirro admiró la dignidad de los romanos, y la de que Fabricio le respondió con una frase despectiva sobre su verdadero vencedor, circulan desde Plutarco y se leen mejor como relato moral que como transcripción. Pirro avanzó hasta las cercanías de Preneste, a unos treinta y cinco kilómetros de Roma, pero no se atrevió a más y se retiró a invernar a Tarento.

Batalla de Ásculo (279 a. C.)

La batalla de Ásculo, en Apulia, repitió el guion con un coste todavía mayor. Esta vez los romanos eligieron el terreno y los elefantes tuvieron menos espacio para decidir. Pirro volvió a quedarse con el campo, pero la cuenta de muertos es la que cuenta: según el recuento atribuido al propio rey, perdió algo más de tres mil quinientos hombres frente a unos seis mil romanos. Para Roma, que tenía reservas de ciudadanos de sobra, la pérdida era soportable. Para un rey que combatía lejos de su tierra, era una sangría.

Ruinas de una ciudad antigua cubiertas de vegetación

Según Plutarco, Pirro habría comentado que otra victoria semejante sobre los romanos acabaría con él por completo. No es una cita que podamos fijar palabra por palabra, pero la idea que encierra es la que ha pasado a la historia: ganar no basta si cada triunfo te deja sin ejército.

Sicilia y el regreso a Italia

Con Roma sin ceder, Pirro cambió de escenario. Los siracusanos, acosados por Cartago, le ofrecieron el mando y el rey pasó a Sicilia hacia el 278 a. C. Durante un par de años fue lo más parecido a un soberano de la isla: arrinconó a los cartagineses, tomó la plaza de Érice y fue proclamado rey de Sicilia, con su hijo Heleno como heredero designado. Sobre el papel, era el momento de mayor poder de su vida.

Se le atragantó Lilibeo, la gran fortaleza cartaginesa, cuyo asedio fracasó. Y su manera de mandar, cada vez más exigente con hombres y dinero, volvió a los griegos de la isla contra él. Plutarco le atribuye la frase de que dejaba Sicilia convertida en un campo de lucha para cartagineses y romanos, una despedida que no suena a triunfo. Hacia el 276 a. C. regresó a Italia, y durante la travesía una flota cartaginesa le hundió buena parte de sus naves.

Batalla de Benevento (275 a. C.)

El último acto italiano fue la batalla de Benevento, que los romanos conocían entonces como Maleventum y que rebautizarían después con un nombre más afortunado. Pirro quiso sorprender de noche al cónsul Manio Curio Dentato, pero se perdió entre los bosques, llegó tarde y desorganizado y, al amanecer, los romanos lo rechazaron. Plutarco añade el detalle más revelador: los elefantes, asustados, se volvieron contra sus propias filas. Aquella derrota puso fin a la aventura. Pirro regresó a Grecia habiendo perdido buena parte del ejército que había llevado a Italia, y Roma, tras haberlo resistido, se encontró dueña del sur de la península.

Muerte en Argos: el final de un rey inquieto

Lejos de retirarse, Pirro hizo lo que mejor sabía: seguir guerreando. En el 273 a. C. atacó Macedonia y derrotó a Antígono II Gonatas, el hijo de Demetrio, hasta el punto de saquear las tumbas reales de Egas. Después volvió la mirada al Peloponeso. Intentó tomar Esparta y fracasó ante sus defensas, y en el 272 a. C. aceptó una invitación para intervenir en Argos, donde dos facciones disputaban el poder y Antígono vigilaba de cerca.

La muerte de Pirro es una de las más célebres de la Antigüedad. Se combatía de noche dentro de la ciudad, entre calles angostas donde los elefantes y la falange no servían de nada. Según Plutarco, una mujer que contemplaba la lucha desde un tejado, preocupada por su hijo, lanzó una teja que golpeó al rey en la nuca y lo dejó aturdido; un soldado enemigo lo remató. Antígono, al ver la cabeza que le llevaban, reaccionó con enojo y dolor y mandó honrar los restos. Pirro tenía unos cuarenta y seis años.

El origen de «victoria pírrica»

La expresión victoria pírrica designa un triunfo conseguido a un precio tan alto que equivale casi a una derrota. Nace de Ásculo, con la frase atribuida a Pirro sobre su siguiente victoria, y es una de esas locuciones que el castellano heredó directamente de la historia antigua. Los propios griegos tenían otra, la «victoria cadmea», para designar un éxito que arruina al vencedor, y que Diodoro aplicó a episodios parecidos.

Hoy se usa lejos de los campos de batalla: se habla de victoria pírrica para un pleito ganado a costa de la reputación, una elección resuelta por un puñado de votos o un partido que se gana lesionando a media plantilla. Lo que conserva el sentido original es la advertencia: antes de celebrar, haz la cuenta de lo que queda.

El legado de Pirro: general admirado, estratega discutido

Pirro es uno de esos personajes en los que la admiración y la crítica conviven. Como táctico fue brillante, con una habilidad poco común para combinar falange, caballería y elefantes, y los autores antiguos le reconocen un carisma que arrastraba a las tropas. Se le atribuye además un tratado sobre el arte de la guerra, hoy perdido. Pero como estratega le faltó lo que sobró a Roma: constancia, reservas humanas y objetivos que durasen más de una campaña. Antígono Gonatas, según Plutarco, lo comparó con un jugador de dados que hace buenas tiradas pero no sabe aprovecharlas, y el retrato es difícil de mejorar.

Su verdadera herencia es indirecta. Italia no se hizo griega, pero Roma salió de las guerras contra él con un ejército curtido y con la conciencia de poder medirse con las grandes monarquías helenísticas. Tarento cayó pocos años después y el sur de Italia quedó bajo control romano.

Si quieres seguir explorando este periodo, en nuestra sección de historia y cultura encontrarás más relatos sobre el mundo griego y mediterráneo.

Lugares del Épiro ligados a la memoria de Pirro

Dodona: el santuario que engrandeció

Si hay un lugar del Épiro asociado a su nombre, es Dodona, el oráculo de Zeus Naíos y Dione, en un valle a los pies del monte Tomaros. Allí, según la tradición, el dios respondía a través del murmullo de las hojas de una encina sagrada, y los consultantes escribían sus preguntas en láminas de plomo que hoy se conservan en el museo de Ioánina. Pirro lo convirtió en el centro religioso de su reino: se le atribuye el gran teatro, con capacidad para unos diecisiete mil espectadores, y los juegos cuatrienales llamados Naia en honor de Zeus. Según otras fuentes, tras Heraclea dedicó allí una inscripción para conmemorar su triunfo.

El santuario sufrió mucho después: fue saqueado por los etolios en el 219 a. C. y reconstruido a mayor escala al año siguiente, y los romanos lo incendiaron en el 167 a. C. al conquistar el Épiro. Hoy se visita como yacimiento arqueológico, y el teatro sigue siendo su imagen más reconocible.

Ambracia, la antigua capital

La otra referencia es Ambracia, que Pirro eligió como capital hacia el 294 a. C. y que, según la tradición, adornó con palacios, templos y teatros. La ciudad actual de Arta se levanta sobre aquel solar, y de la Ambracia antigua apenas quedan fragmentos de murallas de grandes bloques.

Cronología breve de Pirro de Epiro

  • Hacia 319 a. C.: nace Pirro, hijo de Eácides, que poco después pierde el trono.
  • 306 a 302 a. C.: primer periodo como rey de Epiro, interrumpido por una revuelta.
  • 301 a. C.: combate en Ipsos junto a Demetrio y pasa a Egipto como rehén.
  • 297 a. C.: recupera el trono con apoyo de Ptolomeo I.
  • 288 a 284 a. C.: reina en parte de Macedonia hasta que Lisímaco lo expulsa.
  • 280 a. C.: cruza a Italia y vence en Heraclea.
  • 279 a. C.: victoria en Ásculo, con enormes pérdidas.
  • 278 a 276 a. C.: campaña en Sicilia y regreso a Italia.
  • 275 a. C.: derrota en Benevento y salida definitiva de Italia.
  • 272 a. C.: muere en Argos, tras recibir el impacto de una teja.

Para contrastar fechas y episodios, las mejores lecturas son la «Vida de Pirro» de Plutarco, la ficha de World History Encyclopedia sobre Pirro, el reportaje de National Geographic Historia, la entrada de World History Encyclopedia sobre Dodona y el artículo de Wikipedia sobre Pirro de Epiro. Algunas cifras, como las bajas de Heraclea o la fecha exacta de Benevento, cambian de una fuente a otra, y aquí hemos optado por las más habituales.

Preguntas frecuentes sobre Pirro de Epiro

¿Quién fue Pirro de Epiro?

Fue un rey del Épiro que vivió entre hacia el 319 y el 272 a. C., educado en el exilio y formado en las guerras de los sucesores de Alejandro Magno. Es conocido sobre todo por haber invadido Italia con elefantes de guerra y por haber derrotado a los romanos en Heraclea y Ásculo con pérdidas muy graves.

¿Quién derrotó a Pirro?

Los romanos lo vencieron en la batalla de Benevento, en el 275 a. C., bajo el mando del cónsul Manio Curio Dentato. Aquella derrota lo obligó a abandonar Italia. Murió después en Argos, en el 272 a. C., durante un combate callejero en el que Antígono II Gonatas era su principal adversario.

¿Cómo murió Pirro, rey de Epiro?

Murió en el 272 a. C. en Argos, durante una lucha nocturna dentro de la ciudad. Según Plutarco, una mujer le arrojó una teja desde un tejado, lo aturdió y un soldado enemigo lo remató. Tenía unos cuarenta y seis años.

¿Qué es una victoria pírrica y de dónde viene la expresión?

Es un triunfo que cuesta tanto a quien lo logra que casi equivale a una derrota. La expresión viene de la batalla de Ásculo (279 a. C.), tras la cual Pirro, según Plutarco, habría dicho que otra victoria igual sobre los romanos acabaría con él.

¿Qué relación tiene Pirro con Dodona?

Dodona era el gran santuario oracular del Épiro y Pirro lo engrandeció: se le atribuye el teatro, con capacidad para unos diecisiete mil espectadores, y los juegos Naia en honor de Zeus. Tras su victoria de Heraclea habría dedicado allí una inscripción conmemorativa.